Gaultier,  creación y libertades. Arte, moda y economía creativa

Por: Paula Trujillo (@PaulaTrujilloPT)

 

* Imagen de Ana María Gómez Pereira. (@AnaMollyGP)

 

 

Afuera,  el día más bello del invierno más gélido de los últimos años en Nueva York (2013-14). Adentro, las salas llenas, los asistentes no quieren irse y la hora de cerrar se hace compleja.  En esta exposición,  juguetona como él, y que convocó a profesionales del mundo de la moda y la economía creativa en general, él mismo, vestido a rayas blancas y negras,  te daba la bienvenida en inglés con un clarísimo acento francés.

 

Desembarcamos en la exposición ´Jean Paul Gaultier, From the Sidewalk to the Catwalk’ que desde el 2011 recorre el mundo luego de ser concebida por The Montreal Museum of Fine Arts y el propio diseñador. Aquella vez su “hogar” era el Museo de Brooklyn, pero antes había pasado ya por San Francisco para luego estar en Barbican Art Gallery de Londres y prepararse ahora para llegar al National Gallery  of Victoria en Melbourne.

 

Abrigos fuera y al dar los primeros pasos dentro de la Exhibición es inevitable percatarse de la masiva y heterogénea asistencia. Esto en buena medida confirma como las muestras de esta naturaleza se han convertido en verdaderos “blockbusters”  (con Alexander McQueen en The Metropolitan Museum, como imbatible) y por ende en “buenos negocios” –en el amplio sentido del término– para las entidades museísticas, lo cual repercute a su vez en la economía y dinámica simbólica de los ecosistemas creativos. Pero también evidencia la extraordinaria tarea del muy respetado Arnold L. Lehman al frente del  Museo de Brooklyn. Él –quien anunciaba su retiro para junio de 2015– y todo su equipo, han logrado conectar este espacio con su comunidad y hacer del Museo el ágora de un entorno barrial tan complejo y diverso como este borough.

 

Unos pasos más adelante ya la exposición atrapaba al visitante. Se entendía pues el gozo de niños, “fashionistas” y vecinos de esta Institución. La museografía profundamente experiencial, involucraba al espectador mientras construía un relato. Fotografías, musicalización y salas magistralmente ambientadas daban vida a un despliegue sin duda costoso de movilizar, en el que los grandes protagonistas serán los maniquíes “vivos” que te miran para conquistarte o para desnudarte, y que hasta te hablan como el de Gaultier. Ésta es una clara alusión a Tony Oursler, pionero de la video escultura desde los 80s,  quién construyó un lenguaje entre lo bidimensional y lo tridimensional.

 

Mientras los maniquís te intimidan con una mirada que incluso parece seguirte, es imposible evitar la pregunta sobre cuál podría ser el límite a la vanidad en una exposición sobre un diseñador vivo que él mismo co-cura. ¿De qué le sirve a la moda, y al arte? ¿Qué aporta al ecosistema de la moda y al de la economía creativa en general?  Esta inquietud invita a unos minutos de pie, sin avanzar en el recorrido, ideales para meditar en los públicos que la moda lleva a los espacios museísticos, así como en cómo la exhibición ayuda a fortalecer el mito Gaultier mostrándonos tanto al héroe como al antihéroe de la cultura contemporánea.  Las prácticas artísticas nos ayudan a conocerlo y a entenderlo gracias a una activación poli-sensorial, así como a consagrar un nombre influyendo muy seguramente en el valor de su marca, y de seguro en las ventas presentes y futuras.

 

Instalados pues en el Planet Gaultier hay que dedicar unos minutos a  “aquella mujer inmóvil” de cabellos ondulados y rojizos. Ella está allí para narrarnos la infancia y juventud de quien nació en un suburbio parisino y fue formado por el televisor de su abuela. Este objeto, escaso en aquellas épocas, sería el compañero de los primeros años de Gaultier: “TV was my Bible”.

 

La ruta de la Exposición está dividida tanto por periodos como por colecciones, evidenciando las cuotas constantes en Gaultier de humor, de reinterpretación, de análisis y crítica. Viendo su colección de ropa reciclada para la que se inspiró en las historias de la dura vida durante la guerra que su madre le narró, se reafirma su convicción de que la belleza viene de diversas formas, y que es importante hacer admirable lo imperfecto.

 

Al pasar por el boceto que hizo de Madonna para su última gira, de traje y con bustier, cobran sentido las frases de analistas del fenómeno de la moda que le reconocen a Gaultier dos grandes aportes: el corset y la falda para hombres; propuestas que van en sintonía con su visión de “respetar las individualidades y apreciar las particularidades”, así como romper las divisiones artificiales de la ropa por géneros. Estas contribuciones también deben leerse insertas en su contexto:  el SIDA como el gran enemigo que nos atemorizaba y las teorías post-feministas.

 

Interesante haber estado en ese invierno 2013-2014 en Nueva York visitando en el Brooklyn Museum la exposición sobre Gaultier,  uno de los primeros diseñadores abiertamente gay, luego de haber estado un par de días antes en el Fashion Institute of Technology  (FIT) viendo A Queer History of Fashion, una exhibición muy poco interesante museográficamente pero curatorialmente sólida, que fue liderada por Valerie Steele. ¡Cuán pertinentes ambas piezas tanto para la historia de la moda como para una ciudad como NY que para algunos ya es incluso post-gay! Una metrópoli en la que tus preferencias sexuales no son tema de debate pues sean cuales sean, se reconocen los mismos derechos y libertades tanto en cuanto a la figura de vida en pareja como de constitución de una familia.  Sin duda la maravillosa coincidencia de estas dos exposiciones,  no es gratuita y su mensaje es poderoso y sobre todo necesario. La tolerancia social, como bien lo ha expresado Richard Florida, es una de las características que se relacionan con ecosistemas creativos dinámicos y con procesos sólidos en el campo de la economía creativa.

 

Dos potentes reflexiones finales quedan cuando se piensa en América Latina y las apuestas de muchos de nuestros países alrededor de lo que sería un verdadero Sistema Moda para la economía creativa de la región. El primero de ellos enfatiza la urgencia de la transdisciplinariedad en el proceso creativo. Muchas de las colecciones de Gaultier estuvieron influenciadas de manera directa o indirecta por el arte de movimientos como el Dadaísmo, los surrealistas, los constructivistas, Frida Kahlo, Gauguin e incluso los turistas en el Louvre. Pero también nos muestra los procesos colaborativos de los que hizo parte en territorios como el cine o la música, intercambiando miradas y propuestas con Depeche Mode, Madonna, Luc Besson, Peter Greenaway, Pedro Almodóvar y hasta Lady Gaga.

 

La segunda reflexión ha tomado forma meses después de ver la Exhibición, luego que Gaultier anunciase que se retiraba del ready-to-wear para concentrarse en la Alta Costura y en las colaboraciones especiales. En aquel enero al ver la vastísima exposición era clara la vibrante y desafiante agenda que había tenido el francés, la misma que evidenciaba su capacidad creadora y que –al parecer por la decisión anunciada–, se estaba ahogando en las exigencias comerciales de sostener el ritmo. ¿Cómo mantener la frescura, la capacidad de sorprender y de hacer auditoría creativa a lo que se propone, cuándo no hay tiempo? ¿Es posible sostener siempre tal dinámica creativa? Gaultier ha dicho no más como también lo hizo Ferran Adrià en otro ámbito de la economía creativa. A otros, como Microsoft, se los dijo el mercado. Apple lucha contra, y en unos años veremos si Google y Samsung fueron inmortales. El proceso de creación es exigente.